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Demócratas, republicanos: ¡Fuera todos! EE.UU.: Miedo, odio y precampañas (Mayo de 2016)

2016.08.14 14:23 ShaunaDorothy Demócratas, republicanos: ¡Fuera todos! EE.UU.: Miedo, odio y precampañas (Mayo de 2016)

https://archive.is/BYpsq
Espartaco No. 45 Mayo de 2016
¡Por un partido obrero revolucionario multirracial!
En su libro de 1917, El estado y la revolución, el dirigente bolchevique V.I. Lenin describió sucintamente el fraude de la democracia burguesa: “Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: ésa es la verdadera esencia del parlamentarismo burgués”. Como marxistas revolucionarios, nos oponemos por principio a votar por los republicanos, los demócratas o cualquier otro candidato burgués. Al mismo tiempo, las precampañas de este año están mostrando la rabia y la desesperación que durante décadas se han ido acumulando al fondo de la sociedad estadounidense.
Existe un odio extendido hacia el establishment político de ambos partidos, que con razón son considerados agentes vendidos y comprados por los estafadores financieros de Wall Street y las empresas hinchadas de ganancias que han provocado la ruina de millones. Pero, debido sobre todo a la burocracia sindical procapitalista, la rabia de los trabajadores no se ha expresado como lucha de clases contra los gobernantes. Como resultado, el descontento de los gobernados encuentra expresión en el apoyo a candidatos burgueses “antiestablishment”. Hasta el momento, el abiertamente racista Donald Trump, un magnate multimillonario de bienes raíces, lleva la delantera como precandidato republicano. El autodenominado “socialista demócrata” Bernie Sanders le está dando a la segunda representante de la dinastía Clinton más problemas de los que nadie hubiera previsto.
Sanders es el único candidato de este circo electoral que ofrece pan a las masas con llamados por educación gratuita, asistencia médica para todos y un salario mínimo de quince dólares por hora. Esto ha resonado particularmente entre la juventud pequeñoburguesa blanca, así como entre un sector de los obreros blancos cuyos sindicatos han sido destruidos, cuyos salarios se han desplomado, cuyas prestaciones han sido saqueadas y cuyas posibilidades de obtener un empleo bien remunerado prácticamente han desaparecido. Las promesas de Sanders no son más que charlatanería. Sólo la lucha de clases podría arrancarle a la burguesía semejantes concesiones. Pese a haber sido acusado de rojo, Sanders no es ningún socialista; es un político capitalista. Sin embargo, en una sociedad donde por mucho tiempo se ha vilipendiado al socialismo como un ataque al “modo de vida estadounidense”, el que Sanders esté obteniendo apoyo en un sector de los obreros blancos es una medida del creciente descontento.
El establishment demócrata tolera las pretensiones de Sanders de estar “dirigiendo una revolución política contra la clase multimillonaria”. Él siempre le ha servido a la clase dominante, particularmente con su apoyo a las sangrientas guerras, ocupaciones y demás aventuras militares con que el imperialismo estadounidense ha devastado países alrededor del mundo (ver: “Bernie Sanders: Imperialist Running Dog” [Bernie Sanders: Mandadero de los imperialistas], WV No. 1083, 12 de febrero). Sanders no sólo está compitiendo por la primera posición en la boleta interna de un partido que, al igual que el Republicano, representa los intereses de la burguesía; también está ayudando a restaurar la imagen de los demócratas como “partido del pueblo”. Además, ha dejado en claro que, en la elección general, apoyará a quien quiera que resulte electo candidato demócrata, presumiblemente Hillary Clinton. Por su parte, Clinton está ganando la mayor parte del voto negro, conforme el miedo a una victoria republicana, amplificado por los fascistas que se arrastran a los pies de Donald Trump, impulsa todavía más el apoyo de los negros a los demócratas, que alguna vez fueron el partido de la Confederación y el [sistema de segregación racial] Jim Crow.
Del lado republicano, presenciamos el espectáculo del establishment partidista gastando millones de dólares en publicidad, no contra los demócratas, sino contra el precandidato que encabeza la carrera en su propio partido. Los reflectores se enfocan en los ex candidatos republicanos para que prediquen contra el beligerante racismo antiimigrante de Trump y su asqueroso sexismo. La hipocresía es asombrosa viniendo de los mismos que exigían a los inmigrantes que se “deportaran a sí mismos”; que insultaban a los obreros y a los pobres como “parásitos” por pedir atención médica, alimentación y vivienda; que trabajaron tiempo extra por revertir todas las conquistas del movimiento por los derechos civiles; y que recurrieron al texto bíblico para condenar a las mujeres que necesitaban abortos, a los gays y a los demás “desviados”.
Trump no hace sino decir en voz alta lo que los líderes del partido republicano han promovido durante años. Lo que les molesta es que no esté cumpliendo las reglas del establishment del partido. Para ellos, incitar al odio racista sirve como un ariete ideológico para empobrecer aún más a la clase obrera y los pobres recortando los pocos programas sociales que todavía existen. Trump dice que no atacará la seguridad social ni la asistencia médica pública. Este demagogo reaccionario podría hacer o decir cualquier cosa. Su afirmación de que traerá la manufactura de vuelta a Estados Unidos, invocando una variante particularmente racista del proteccionismo de “salven los empleos estadounidenses”, le ha dado cierta audiencia entre los trabajadores blancos pobres. Por su parte, a la dirigencia republicana le preocupa que Trump azuce a las masas desempleadas y empobrecidas en casa y ponga en riesgo las ganancias que el imperialismo estadounidense obtiene del saqueo de “libre comercio” del mundo neocolonial.
Para los líderes republicanos, Trump añade insulto a la injuria al aprovechar la consigna de campaña de Ronald Reagan, santo patrono del Partido Republicano, “Make America Great Again” [Que EE.UU. vuelva a ser grande]. Reagan llegó a la Oficina Oval aprovechando y azuzando la reacción racista blanca contra los programas sociales que se consideraban beneficiosos para los negros pobres de los guetos. Jugó la carta racial, como siempre lo han hecho los gobernantes estadounidenses, para aumentar la brutal explotación de la clase obrera en su conjunto. Hoy, la devastación que afectó primero a los pobres y obreros negros se ha vuelto cada vez más real para los pobres y obreros blancos.
En los años noventa, el libro del ideólogo racista Charles Murray, La curva de Bell, achacó la miseria de los pobres del gueto a la “inferioridad genética” de los negros. En 2012, su libro Coming Apart: The State of White America, 1960-2010 [Desmoronamiento: La situación de la población blanca en EE.UU., 1960-2010] achacó la miseria que sufren los blancos pobres a su falta de valores, tanto familiares como de otro tipo. Este desprecio clasista se expresó más abiertamente en un artículo de un tal Kevin D. Williamson, recientemente publicado en la derechista National Review (28 de marzo). Titulado “Chaos in the Family, Chaos in the State: The White Working Class’s Dysfunction” [Caos en la familia, caos en el estado: La disfunción de la clase obrera blanca], el artículo despotrica:
“No les ha pasado nada. No hubo catástrofe alguna. No han sufrido ni la guerra ni la hambruna ni la peste ni la ocupación extranjera. Los cambios económicos de las últimas décadas no bastan para explicar la disfunción, la negligencia —y la incomprensible malevolencia— de la población pobre y blanca de EE.UU....
“La verdad de estas comunidades disfuncionales y degradadas es que merecen morir. Económicamente, son números rojos.Moralmente, son indefendibles”.
La clase obrera no podrá liberarse de las cadenas de la esclavitud asalariada si el proletariado no asume la causa de la liberación negra, que por sí misma requiere destruir este racista sistema capitalista mediante la revolución socialista. En el libro primero de El capital (1867), Karl Marx capturó la gran verdad de la sociedad capitalista estadounidense al escribir: “El trabajo en piel blanca no puede emanciparse allí donde el trabajo en piel negra está marcado con fierro candente”. Nuestro propósito como marxistas hoy es traducir la ira y el descontento hirvientes de las masas trabajadoras en un entendimiento consciente de que la clase obrera necesita su propio partido: no como un vehículo electoral que compita para administrar el estado burgués, sino como un partido que abandere la causa de todos los explotados y oprimidos en la lucha por el poder obrero.
Aquél a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco
La locura del Partido Republicano no es más que una manifestación de la peligrosa irracionalidad del imperialismo estadounidense. Habiendo conseguido en 1991-1992 la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética —que había nacido de la primera y única revolución obrera exitosa en el mundo—, los gobernantes capitalistas estadounidenses han actuado como si fueran los amos indiscutibles del mundo. Tanto bajo los gobiernos republicanos como bajo los demócratas, han lanzado su poderío militar por todo el mundo. Pero ni con su interminable serie de guerras el imperialismo estadounidense ha conseguido frenar el declive de su poder económico.
Afirmando que “hay que detener a Trump”, un antiguo asesor en política exterior del gobierno de Bush clamó: “Ha hecho enojar a nuestros aliados en Centroamérica, Europa, el Oriente asiático y Medio Oriente”. El que Trump denunciara la invasión de Irak que inició Bush ha molestado particularmente a los neoconservadores que fueron los arquitectos de esa guerra. En una columna de opinión contra Trump publicada en el Washington Post (25 de febrero), Robert Kagan concluye: “Para este antiguo republicano, y quizá para otros, puede no quedar otra alternativa que votar por Hillary Clinton”. ¿Y por qué no? Las credenciales de Clinton como una de los mayores halcones [probélicos] del imperialismo estadounidense son impecables.
Muchos, incluyendo republicanos que tienen columnas en el New York Times, se han preguntado: “¿Es Donald Trump un fascista?”. Otros comparan su candidatura con el fin de la República de Weimar y el ascenso de los nazis de Hitler. Pero el terreno donde crecieron los nazis era el de un país imperialista que había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial. Apelando al descontento de una pequeña burguesía cada vez más pobre, los nazis se habían convertido en un movimiento de masas para principios de los años treinta. Cuando las direcciones de los partidos obreros Comunista y Socialista, que contaban con millones de miembros, no intentaron derrocar el decadente orden capitalista en Alemania, la desacreditada burguesía desató a los nazis para conservar su dominio aplastando al movimiento obrero y, en el proceso, sentó las bases para la indescriptible barbarie del Holocausto.
En cambio, Estados Unidos no es un país imperialista derrotado, sino que sigue siendo la “única superpotencia del mundo”, cuyo poderío militar es muchas veces superior al de todos sus rivales imperialistas juntos. Otra diferencia es que la clase dominante estadounidense no enfrenta por el momento la amenaza de la clase obrera en casa. Por el contrario, gracias a los traidores que están a la cabeza de los sindicatos, cuya base es cada vez más reducida, la burguesía estadounidense ha prevalecido hasta ahora en su larga guerra contra los obreros.
Trump no es un fascista. El camino al poder que ha proyectado no se sale del marco electoral. Pero sí hay mucho que temer de los locos que son azuzados en sus mítines en un frenesí patriotero y antiimigrante, que ha provocado protestas multirraciales contra él en todo el país. Quienes protestan contra los mítines de Trump han sido agredidos y los manifestantes negros han tenido que sufrir gritos de “¡Regresen a África!”. El KKK y otros grupos fascistas están saliendo de sus agujeros, con el antiguo gran mago del Klan David Duke declarando que “votar contra Trump en este punto es traicionar tu herencia”.
De manera similar, en los años ochenta el racismo oficial que emanaba de la Casa Blanca de Reagan alentó al Klan y a los nazis. Cuando éstos trataron de organizar sus mítines por el terror racista en grandes centros urbanos, nosotros convocamos movilizaciones de masas obreras y de minorías para detenerlos. En Chicago, Washington D.C., Filadelfia y otros lugares, fueron detenidos por protestas de miles basadas en el poder social de los sindicatos multirraciales movilizados al frente de los negros pobres de los guetos, los inmigrantes y todos aquéllos que el terror fascista querría victimizar. Estas movilizaciones demostraron en pequeña escala el papel del partido obrero revolucionario que queremos construir.
Obreros y negros: Entre la espada y la pared
Es responsabilidad directa de la burocracia sindical procapitalista el que un sector significativo de los trabajadores blancos apoye a un hombre que llegó a ser conocido por la frase “¡Estás despedido!”. Trump está consiguiendo ese apoyo al izar la bandera del proteccionismo de “Estados Unidos primero” de los falsos dirigentes de la AFL-CIO. Bajo esta bandera, una y otra vez los farsantes sindicales han cedido conquistas obtenidas en duras batallas de la clase obrera negra, blanca e inmigrante.
Los capitalistas siempre irán donde la mano de obra sea más barata para maximizar sus ganancias. Pero hacer de los trabajadores extranjeros chivos expiatorios por la pérdida de empleos en EE.UU. es una respuesta reaccionaria. El proteccionismo refuerza las ilusiones en el capitalismo estadounidense. Mina las perspectivas de lucha al envenenar la conciencia de la clase obrera e impedir la solidaridad con sus aliados de clase potenciales en China, México y otros lugares. Este proteccionismo también imbuye en los obreros la falsa idea de que mejorar sus condiciones materiales está totalmente fuera de su control y de su capacidad de organizarse y luchar, y de que depende sólo de algún salvador burgués.
Tanto Bernie Sanders como Donald Trump juegan la misma carta económica nacionalista. Aunque Sanders apela a la “unidad” contra el racismo xenófobo de Trump, lo que ocurre en los mítines de este último es simplemente el reflejo descarnado del chovinismo subyacente en los llamados a “salvar los empleos estadounidenses” de la competencia extranjera. Para que los sindicatos sirvan como instrumentos de lucha contra los patrones, deben enarbolar la lucha por los derechos de los inmigrantes, exigiendo el fin de las deportaciones e izando la bandera por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes. La lucha por esas exigencias haría avanzar el combate común de los obreros estadounidenses y sus aliados de clase internacionalmente.
Hoy, el descontento de muchos obreros está siendo canalizado a las campañas ya sea de Trump o de Sanders. Pero la furia obrera también se ha expresado en el impulso de luchar contra la ofensiva de los capitalistas, un impulso que los falsos dirigentes sindicales han frustrado una y otra vez. El año pasado, los jóvenes obreros automotrices, muchos de ellos negros, estaban más que dispuestos a ir a huelga contra el odiado sistema de niveles, que alienta la división entre los obreros. En ello, contaban con gran apoyo entre los obreros más viejos, tanto blancos como negros, lo que apunta al potencial de la unidad de clase, trascendiendo las líneas raciales. Pero los dirigentes sindicales del United Auto Workers les hicieron tragar un contrato vendido con los “Tres de Detroit”, que de hecho expandía el odiado sistema de niveles.
En 2011, este espíritu de lucha se manifestó vívidamente también en Wisconsin, donde el gobernador republicano Scott Walker lanzó una ofensiva que amenazaba la existencia misma de los sindicatos públicos. Miles de obreros ocuparon la rotonda del Capitolio de Wisconsin y se movilizaron en manifestaciones de hasta 100 mil personas. Pese a la combatividad de los obreros, los burócratas sindicales se aseguraron de que no se emprendiera ninguna acción huelguística, canalizando en cambio el enojo de los obreros hacia la estrategia perdedora de revocar el mandato de Walker.
¿El resultado? La devastación de un movimiento sindical que ya estaba en decadencia. En 2011, más del 50 por ciento de los empleados públicos estaba sindicalizado. Para 2015, la tasa de sindicalización se había desplomado al 26 por ciento. En Indiana, ataques similares llevados a cabo con anterioridad condujeron prácticamente a la desaparición de los sindicatos del sector público en el estado. Y en 2015, Wisconsin se unió a Indiana, Michigan y otros 22 estados como uno más de los estados antisindicatos donde se proclama el “derecho a trabajar”. Wisconsin constituye el ejemplo más claro de la bancarrota de la burocracia sindical y su estrategia de confianza en los demócratas. Son esas derrotas las que les han permitido a reaccionarios como Trump posar como defensores de los intereses de los trabajadores.
Desde que la Ley de Derechos Civiles fue aprobada en 1964, el Partido Republicano adoptó la estrategia de apelar a los obreros blancos, a veces con éxito, sobre la base de buscar chivos expiatorios en las otras razas, impulsando la mentira de que los obreros blancos sufren porque el establishment liberal ha beneficiado a los negros y otras minorías a expensas suyas. El rasgo central y constante del capitalismo estadounidense es la opresión estructural de la población negra como una casta racial y de color, cuya mayoría se ve segregada por la fuerza al fondo de la sociedad. Oscureciendo la fundamental división de clases entre los capitalistas que poseen los medios de producción y los obreros que deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, el racismo y la supremacía blanca han servido para atar a los obreros blancos a sus explotadores capitalistas sobre la base de la ilusión en un interés común debido al mismo color de piel.
En la precampaña demócrata, los negros están votando abrumadoramente por Hillary Clinton, pues la consideran el mejor candidato para derrotar a los demonios republicanos en noviembre. De hecho, en su competencia de 2008 con Obama, Clinton apeló abiertamente al racismo antinegro al afirmar que Obama no podría obtener el apoyo de los “estadounidenses que trabajan duro, los estadounidenses blancos”. Ahora ella se presenta como heredera del legado de Obama, aprovechando al mismo tiempo la popularidad de su esposo, Bill Clinton, entre la población negra.
Durante su periodo en el gobierno, Bill Clinton probablemente le hizo más daño a la población negra que ningún otro presidente desde la Segunda Guerra Mundial. Durante la campaña electoral de 1992, grotescamente voló de vuelta a Arkansas para presidir la ejecución de un hombre negro con daño cerebral, Ricky Ray Rector. Siendo presidente, erradicó “la asistencia social como la conocemos” e incrementó enormemente las atribuciones del estado, incluyendo las de detener y encarcelar a jóvenes negros. En todo esto contó con el apoyo de Hillary Clinton, que describió a los jóvenes negros del gueto como “superdepredadores”. Al mismo tiempo, Bill Clinton fue el primer presidente en tener amigos negros y en ser capaz de interactuar abierta y cómodamente con negros. Es una amarga muestra de la profundidad a la que llega la reacción racista en Estados Unidos el que estos gestos superficiales le hayan ganado a Clinton el apoyo de muchos negros a pesar de sus infames actos.
Con la elección de Barack Obama en 2008, las expectativas de los negros eran altas. Pero, si bien esas expectativas ya han sido olvidadas, queda entre los negros una profunda noción de solidaridad de raza con Obama. Esto ha sido reforzado por casi ocho años de reacción por parte de los republicanos en el congreso, amplificada por la gente del tipo “teabaggers” [militantes del derechista Tea Party] y “birthers” [que creen que Obama no nació en Estados Unidos]. Sin embargo, la verdad es que los negros no han ganado nada con su presidencia, durante la cual el desempleo en este sector se disparó, los salarios colapsaron y la riqueza media se desplomó. Mientras tanto, los negros siguen siendo asesinados a tiros por los desenfrenados policías racistas.
Contra lo que afirman muchos voceros negros, este estado de cosas no se debe a que Obama esté secuestrado por los republicanos. Sin duda, sus implacables ataques contra Obama casi siempre tienen una motivación racista. Pero el hombre negro de la Casa Blanca fue desde el principio un demócrata de Wall Street. Y lo demostró al poco tiempo de asumir el cargo. En una reunión con los grandes estafadores financieros en marzo de 2009, les aseguró que su gobierno era “lo único que se interpone entre ustedes y el linchamiento popular”, y añadió, “no he venido a perseguirlos, sino a protegerlos”. Y lo cumplió, con la eficaz ayuda de sus lugartenientes obreros en la burocracia sindical, que sacrificaron los empleos, los salarios y las condiciones laborales de sus afiliados para que el capitalismo estadounidense siguiera siendo redituable.
Los negros siguen siendo el sector de la población con mayor conciencia de la naturaleza cruel del racista Estados Unidos. Al mismo tiempo, están atados al Partido Demócrata y en su mayoría seguirán apoyándolo mientras no parezca haber otra alternativa. La clave para destrabar esa situación está en forjar esa alternativa.
Los obreros necesitan un partido propio
Con millones en el desempleo o luchando por subsistir con empleos de medio tiempo o temporales miserablemente mal pagados, muchos de los cuales han perdido sus hogares y dependen de los vales de alimentos, con sus pensiones y prestaciones de salud recortadas, existe una necesidad imperiosa de construir un partido obrero basado en el entendimiento fundamental de que los obreros no tienen ningún interés en común con los patrones. Un partido así uniría a los empleados con los desempleados, los pobres de los guetos y los inmigrantes en una lucha por empleos y condiciones dignas de vivienda para todos. El poder para llevar a cabo esta lucha está en manos de los hombres y mujeres —negros, blancos e inmigrantes— cuyo trabajo hace girar los engranes de la producción y genera la riqueza que los capitalistas se roban.
En el Programa de Transición de 1938, documento de fundación de la IV Internacional, León Trotsky planteó una serie de reivindicaciones para enfrentar la catástrofe que amenazaba a la clase obrera en medio de la Gran Depresión de los años treinta. El fin de estas reivindicaciones era armar a los obreros con el entendimiento de que la única respuesta era la conquista del poder por el proletariado. Para combatir la plaga del desempleo, llamaba por unir a los empleados y los desempleados en la lucha por una semana laboral más corta sin pérdida de salario, para distribuir el trabajo accesible, así como por una escala móvil de salarios que aumentara con el costo de la vida. Exigía un programa masivo de obras públicas con salarios al nivel del de los obreros sindicalizados. Para garantizar condiciones de vida decentes, todos debían tener vivienda y otras instalaciones sociales, así como acceso a la atención médica y a la educación sin ningún costo para los beneficiarios. El seguro de los desempleados debía durarles hasta que consiguieran empleo, con la totalidad de sus pensiones garantizada por el gobierno. Sólo la lucha por este tipo de reivindicaciones podría enfrentar las míseras condiciones que los obreros sufren actualmente.
Como argumentó Trotsky, quien junto con Lenin fuera el líder de la Revolución Rusa de 1917:
“Los propietarios y sus abogados demostrarán ‘la imposibilidad de realizar’ estas reivindicaciones. Los capitalistas de menor cuantía, sobre todo aquellos que marchan a la ruina, invocarán además sus libros de contabilidad. Los obreros rechazarán categóricamente esos argumentos y esas referencias. No se trata aquí del choque ‘normal’ de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la decadencia, de la desmoralización y de la ruina. Se trata de la vida y de la muerte de la única clase creadora y progresiva y, por eso mismo, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen infaliblemente de los males por él mismo engendrados, no le queda otra cosa que morir. La ‘posibilidad’ o la ‘imposibilidad’ de realizar las reivindicaciones es, en el caso presente, una cuestión de relación de fuerzas que sólo puede ser resuelta por la lucha. Sobre la base de esta lucha, cualesquiera que sean los éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán, en la mejor forma, la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista”.
Las nuevas batallas obreras sentarán las bases para revivir y extender los sindicatos, echando a sus dirigentes vendidos actuales y remplazándolos con una nueva dirección clasista. Para que los obreros triunfen sobre sus explotadores, deben estar armados con un programa político marxista que vincule el combate sindical con la lucha por construir un partido obrero revolucionario multirracial. Ese partido dirigiría la lucha por barrer al estado burgués mediante la revolución socialista y establecer un estado obrero donde los que trabajan gobiernen.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/45/eu.html
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2016.06.07 04:03 ShaunaDorothy Demócratas, republicanos: ¡Fuera todos! EE.UU.: Miedo, odio y precampañas (Mayo de 2016)

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Espartaco No. 45 Mayo de 2016
¡Por un partido obrero revolucionario multirracial!
En su libro de 1917, El estado y la revolución, el dirigente bolchevique V.I. Lenin describió sucintamente el fraude de la democracia burguesa: “Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: ésa es la verdadera esencia del parlamentarismo burgués”. Como marxistas revolucionarios, nos oponemos por principio a votar por los republicanos, los demócratas o cualquier otro candidato burgués. Al mismo tiempo, las precampañas de este año están mostrando la rabia y la desesperación que durante décadas se han ido acumulando al fondo de la sociedad estadounidense.
Existe un odio extendido hacia el establishment político de ambos partidos, que con razón son considerados agentes vendidos y comprados por los estafadores financieros de Wall Street y las empresas hinchadas de ganancias que han provocado la ruina de millones. Pero, debido sobre todo a la burocracia sindical procapitalista, la rabia de los trabajadores no se ha expresado como lucha de clases contra los gobernantes. Como resultado, el descontento de los gobernados encuentra expresión en el apoyo a candidatos burgueses “antiestablishment”. Hasta el momento, el abiertamente racista Donald Trump, un magnate multimillonario de bienes raíces, lleva la delantera como precandidato republicano. El autodenominado “socialista demócrata” Bernie Sanders le está dando a la segunda representante de la dinastía Clinton más problemas de los que nadie hubiera previsto.
Sanders es el único candidato de este circo electoral que ofrece pan a las masas con llamados por educación gratuita, asistencia médica para todos y un salario mínimo de quince dólares por hora. Esto ha resonado particularmente entre la juventud pequeñoburguesa blanca, así como entre un sector de los obreros blancos cuyos sindicatos han sido destruidos, cuyos salarios se han desplomado, cuyas prestaciones han sido saqueadas y cuyas posibilidades de obtener un empleo bien remunerado prácticamente han desaparecido. Las promesas de Sanders no son más que charlatanería. Sólo la lucha de clases podría arrancarle a la burguesía semejantes concesiones. Pese a haber sido acusado de rojo, Sanders no es ningún socialista; es un político capitalista. Sin embargo, en una sociedad donde por mucho tiempo se ha vilipendiado al socialismo como un ataque al “modo de vida estadounidense”, el que Sanders esté obteniendo apoyo en un sector de los obreros blancos es una medida del creciente descontento.
El establishment demócrata tolera las pretensiones de Sanders de estar “dirigiendo una revolución política contra la clase multimillonaria”. Él siempre le ha servido a la clase dominante, particularmente con su apoyo a las sangrientas guerras, ocupaciones y demás aventuras militares con que el imperialismo estadounidense ha devastado países alrededor del mundo (ver: “Bernie Sanders: Imperialist Running Dog” [Bernie Sanders: Mandadero de los imperialistas], WV No. 1083, 12 de febrero). Sanders no sólo está compitiendo por la primera posición en la boleta interna de un partido que, al igual que el Republicano, representa los intereses de la burguesía; también está ayudando a restaurar la imagen de los demócratas como “partido del pueblo”. Además, ha dejado en claro que, en la elección general, apoyará a quien quiera que resulte electo candidato demócrata, presumiblemente Hillary Clinton. Por su parte, Clinton está ganando la mayor parte del voto negro, conforme el miedo a una victoria republicana, amplificado por los fascistas que se arrastran a los pies de Donald Trump, impulsa todavía más el apoyo de los negros a los demócratas, que alguna vez fueron el partido de la Confederación y el [sistema de segregación racial] Jim Crow.
Del lado republicano, presenciamos el espectáculo del establishment partidista gastando millones de dólares en publicidad, no contra los demócratas, sino contra el precandidato que encabeza la carrera en su propio partido. Los reflectores se enfocan en los ex candidatos republicanos para que prediquen contra el beligerante racismo antiimigrante de Trump y su asqueroso sexismo. La hipocresía es asombrosa viniendo de los mismos que exigían a los inmigrantes que se “deportaran a sí mismos”; que insultaban a los obreros y a los pobres como “parásitos” por pedir atención médica, alimentación y vivienda; que trabajaron tiempo extra por revertir todas las conquistas del movimiento por los derechos civiles; y que recurrieron al texto bíblico para condenar a las mujeres que necesitaban abortos, a los gays y a los demás “desviados”.
Trump no hace sino decir en voz alta lo que los líderes del partido republicano han promovido durante años. Lo que les molesta es que no esté cumpliendo las reglas del establishment del partido. Para ellos, incitar al odio racista sirve como un ariete ideológico para empobrecer aún más a la clase obrera y los pobres recortando los pocos programas sociales que todavía existen. Trump dice que no atacará la seguridad social ni la asistencia médica pública. Este demagogo reaccionario podría hacer o decir cualquier cosa. Su afirmación de que traerá la manufactura de vuelta a Estados Unidos, invocando una variante particularmente racista del proteccionismo de “salven los empleos estadounidenses”, le ha dado cierta audiencia entre los trabajadores blancos pobres. Por su parte, a la dirigencia republicana le preocupa que Trump azuce a las masas desempleadas y empobrecidas en casa y ponga en riesgo las ganancias que el imperialismo estadounidense obtiene del saqueo de “libre comercio” del mundo neocolonial.
Para los líderes republicanos, Trump añade insulto a la injuria al aprovechar la consigna de campaña de Ronald Reagan, santo patrono del Partido Republicano, “Make America Great Again” [Que EE.UU. vuelva a ser grande]. Reagan llegó a la Oficina Oval aprovechando y azuzando la reacción racista blanca contra los programas sociales que se consideraban beneficiosos para los negros pobres de los guetos. Jugó la carta racial, como siempre lo han hecho los gobernantes estadounidenses, para aumentar la brutal explotación de la clase obrera en su conjunto. Hoy, la devastación que afectó primero a los pobres y obreros negros se ha vuelto cada vez más real para los pobres y obreros blancos.
En los años noventa, el libro del ideólogo racista Charles Murray, La curva de Bell, achacó la miseria de los pobres del gueto a la “inferioridad genética” de los negros. En 2012, su libro Coming Apart: The State of White America, 1960-2010 [Desmoronamiento: La situación de la población blanca en EE.UU., 1960-2010] achacó la miseria que sufren los blancos pobres a su falta de valores, tanto familiares como de otro tipo. Este desprecio clasista se expresó más abiertamente en un artículo de un tal Kevin D. Williamson, recientemente publicado en la derechista National Review (28 de marzo). Titulado “Chaos in the Family, Chaos in the State: The White Working Class’s Dysfunction” [Caos en la familia, caos en el estado: La disfunción de la clase obrera blanca], el artículo despotrica:
“No les ha pasado nada. No hubo catástrofe alguna. No han sufrido ni la guerra ni la hambruna ni la peste ni la ocupación extranjera. Los cambios económicos de las últimas décadas no bastan para explicar la disfunción, la negligencia —y la incomprensible malevolencia— de la población pobre y blanca de EE.UU....
“La verdad de estas comunidades disfuncionales y degradadas es que merecen morir. Económicamente, son números rojos.Moralmente, son indefendibles”.
La clase obrera no podrá liberarse de las cadenas de la esclavitud asalariada si el proletariado no asume la causa de la liberación negra, que por sí misma requiere destruir este racista sistema capitalista mediante la revolución socialista. En el libro primero de El capital (1867), Karl Marx capturó la gran verdad de la sociedad capitalista estadounidense al escribir: “El trabajo en piel blanca no puede emanciparse allí donde el trabajo en piel negra está marcado con fierro candente”. Nuestro propósito como marxistas hoy es traducir la ira y el descontento hirvientes de las masas trabajadoras en un entendimiento consciente de que la clase obrera necesita su propio partido: no como un vehículo electoral que compita para administrar el estado burgués, sino como un partido que abandere la causa de todos los explotados y oprimidos en la lucha por el poder obrero.
Aquél a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco
La locura del Partido Republicano no es más que una manifestación de la peligrosa irracionalidad del imperialismo estadounidense. Habiendo conseguido en 1991-1992 la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética —que había nacido de la primera y única revolución obrera exitosa en el mundo—, los gobernantes capitalistas estadounidenses han actuado como si fueran los amos indiscutibles del mundo. Tanto bajo los gobiernos republicanos como bajo los demócratas, han lanzado su poderío militar por todo el mundo. Pero ni con su interminable serie de guerras el imperialismo estadounidense ha conseguido frenar el declive de su poder económico.
Afirmando que “hay que detener a Trump”, un antiguo asesor en política exterior del gobierno de Bush clamó: “Ha hecho enojar a nuestros aliados en Centroamérica, Europa, el Oriente asiático y Medio Oriente”. El que Trump denunciara la invasión de Irak que inició Bush ha molestado particularmente a los neoconservadores que fueron los arquitectos de esa guerra. En una columna de opinión contra Trump publicada en el Washington Post (25 de febrero), Robert Kagan concluye: “Para este antiguo republicano, y quizá para otros, puede no quedar otra alternativa que votar por Hillary Clinton”. ¿Y por qué no? Las credenciales de Clinton como una de los mayores halcones [probélicos] del imperialismo estadounidense son impecables.
Muchos, incluyendo republicanos que tienen columnas en el New York Times, se han preguntado: “¿Es Donald Trump un fascista?”. Otros comparan su candidatura con el fin de la República de Weimar y el ascenso de los nazis de Hitler. Pero el terreno donde crecieron los nazis era el de un país imperialista que había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial. Apelando al descontento de una pequeña burguesía cada vez más pobre, los nazis se habían convertido en un movimiento de masas para principios de los años treinta. Cuando las direcciones de los partidos obreros Comunista y Socialista, que contaban con millones de miembros, no intentaron derrocar el decadente orden capitalista en Alemania, la desacreditada burguesía desató a los nazis para conservar su dominio aplastando al movimiento obrero y, en el proceso, sentó las bases para la indescriptible barbarie del Holocausto.
En cambio, Estados Unidos no es un país imperialista derrotado, sino que sigue siendo la “única superpotencia del mundo”, cuyo poderío militar es muchas veces superior al de todos sus rivales imperialistas juntos. Otra diferencia es que la clase dominante estadounidense no enfrenta por el momento la amenaza de la clase obrera en casa. Por el contrario, gracias a los traidores que están a la cabeza de los sindicatos, cuya base es cada vez más reducida, la burguesía estadounidense ha prevalecido hasta ahora en su larga guerra contra los obreros.
Trump no es un fascista. El camino al poder que ha proyectado no se sale del marco electoral. Pero sí hay mucho que temer de los locos que son azuzados en sus mítines en un frenesí patriotero y antiimigrante, que ha provocado protestas multirraciales contra él en todo el país. Quienes protestan contra los mítines de Trump han sido agredidos y los manifestantes negros han tenido que sufrir gritos de “¡Regresen a África!”. El KKK y otros grupos fascistas están saliendo de sus agujeros, con el antiguo gran mago del Klan David Duke declarando que “votar contra Trump en este punto es traicionar tu herencia”.
De manera similar, en los años ochenta el racismo oficial que emanaba de la Casa Blanca de Reagan alentó al Klan y a los nazis. Cuando éstos trataron de organizar sus mítines por el terror racista en grandes centros urbanos, nosotros convocamos movilizaciones de masas obreras y de minorías para detenerlos. En Chicago, Washington D.C., Filadelfia y otros lugares, fueron detenidos por protestas de miles basadas en el poder social de los sindicatos multirraciales movilizados al frente de los negros pobres de los guetos, los inmigrantes y todos aquéllos que el terror fascista querría victimizar. Estas movilizaciones demostraron en pequeña escala el papel del partido obrero revolucionario que queremos construir.
Obreros y negros: Entre la espada y la pared
Es responsabilidad directa de la burocracia sindical procapitalista el que un sector significativo de los trabajadores blancos apoye a un hombre que llegó a ser conocido por la frase “¡Estás despedido!”. Trump está consiguiendo ese apoyo al izar la bandera del proteccionismo de “Estados Unidos primero” de los falsos dirigentes de la AFL-CIO. Bajo esta bandera, una y otra vez los farsantes sindicales han cedido conquistas obtenidas en duras batallas de la clase obrera negra, blanca e inmigrante.
Los capitalistas siempre irán donde la mano de obra sea más barata para maximizar sus ganancias. Pero hacer de los trabajadores extranjeros chivos expiatorios por la pérdida de empleos en EE.UU. es una respuesta reaccionaria. El proteccionismo refuerza las ilusiones en el capitalismo estadounidense. Mina las perspectivas de lucha al envenenar la conciencia de la clase obrera e impedir la solidaridad con sus aliados de clase potenciales en China, México y otros lugares. Este proteccionismo también imbuye en los obreros la falsa idea de que mejorar sus condiciones materiales está totalmente fuera de su control y de su capacidad de organizarse y luchar, y de que depende sólo de algún salvador burgués.
Tanto Bernie Sanders como Donald Trump juegan la misma carta económica nacionalista. Aunque Sanders apela a la “unidad” contra el racismo xenófobo de Trump, lo que ocurre en los mítines de este último es simplemente el reflejo descarnado del chovinismo subyacente en los llamados a “salvar los empleos estadounidenses” de la competencia extranjera. Para que los sindicatos sirvan como instrumentos de lucha contra los patrones, deben enarbolar la lucha por los derechos de los inmigrantes, exigiendo el fin de las deportaciones e izando la bandera por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes. La lucha por esas exigencias haría avanzar el combate común de los obreros estadounidenses y sus aliados de clase internacionalmente.
Hoy, el descontento de muchos obreros está siendo canalizado a las campañas ya sea de Trump o de Sanders. Pero la furia obrera también se ha expresado en el impulso de luchar contra la ofensiva de los capitalistas, un impulso que los falsos dirigentes sindicales han frustrado una y otra vez. El año pasado, los jóvenes obreros automotrices, muchos de ellos negros, estaban más que dispuestos a ir a huelga contra el odiado sistema de niveles, que alienta la división entre los obreros. En ello, contaban con gran apoyo entre los obreros más viejos, tanto blancos como negros, lo que apunta al potencial de la unidad de clase, trascendiendo las líneas raciales. Pero los dirigentes sindicales del United Auto Workers les hicieron tragar un contrato vendido con los “Tres de Detroit”, que de hecho expandía el odiado sistema de niveles.
En 2011, este espíritu de lucha se manifestó vívidamente también en Wisconsin, donde el gobernador republicano Scott Walker lanzó una ofensiva que amenazaba la existencia misma de los sindicatos públicos. Miles de obreros ocuparon la rotonda del Capitolio de Wisconsin y se movilizaron en manifestaciones de hasta 100 mil personas. Pese a la combatividad de los obreros, los burócratas sindicales se aseguraron de que no se emprendiera ninguna acción huelguística, canalizando en cambio el enojo de los obreros hacia la estrategia perdedora de revocar el mandato de Walker.
¿El resultado? La devastación de un movimiento sindical que ya estaba en decadencia. En 2011, más del 50 por ciento de los empleados públicos estaba sindicalizado. Para 2015, la tasa de sindicalización se había desplomado al 26 por ciento. En Indiana, ataques similares llevados a cabo con anterioridad condujeron prácticamente a la desaparición de los sindicatos del sector público en el estado. Y en 2015, Wisconsin se unió a Indiana, Michigan y otros 22 estados como uno más de los estados antisindicatos donde se proclama el “derecho a trabajar”. Wisconsin constituye el ejemplo más claro de la bancarrota de la burocracia sindical y su estrategia de confianza en los demócratas. Son esas derrotas las que les han permitido a reaccionarios como Trump posar como defensores de los intereses de los trabajadores.
Desde que la Ley de Derechos Civiles fue aprobada en 1964, el Partido Republicano adoptó la estrategia de apelar a los obreros blancos, a veces con éxito, sobre la base de buscar chivos expiatorios en las otras razas, impulsando la mentira de que los obreros blancos sufren porque el establishment liberal ha beneficiado a los negros y otras minorías a expensas suyas. El rasgo central y constante del capitalismo estadounidense es la opresión estructural de la población negra como una casta racial y de color, cuya mayoría se ve segregada por la fuerza al fondo de la sociedad. Oscureciendo la fundamental división de clases entre los capitalistas que poseen los medios de producción y los obreros que deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, el racismo y la supremacía blanca han servido para atar a los obreros blancos a sus explotadores capitalistas sobre la base de la ilusión en un interés común debido al mismo color de piel.
En la precampaña demócrata, los negros están votando abrumadoramente por Hillary Clinton, pues la consideran el mejor candidato para derrotar a los demonios republicanos en noviembre. De hecho, en su competencia de 2008 con Obama, Clinton apeló abiertamente al racismo antinegro al afirmar que Obama no podría obtener el apoyo de los “estadounidenses que trabajan duro, los estadounidenses blancos”. Ahora ella se presenta como heredera del legado de Obama, aprovechando al mismo tiempo la popularidad de su esposo, Bill Clinton, entre la población negra.
Durante su periodo en el gobierno, Bill Clinton probablemente le hizo más daño a la población negra que ningún otro presidente desde la Segunda Guerra Mundial. Durante la campaña electoral de 1992, grotescamente voló de vuelta a Arkansas para presidir la ejecución de un hombre negro con daño cerebral, Ricky Ray Rector. Siendo presidente, erradicó “la asistencia social como la conocemos” e incrementó enormemente las atribuciones del estado, incluyendo las de detener y encarcelar a jóvenes negros. En todo esto contó con el apoyo de Hillary Clinton, que describió a los jóvenes negros del gueto como “superdepredadores”. Al mismo tiempo, Bill Clinton fue el primer presidente en tener amigos negros y en ser capaz de interactuar abierta y cómodamente con negros. Es una amarga muestra de la profundidad a la que llega la reacción racista en Estados Unidos el que estos gestos superficiales le hayan ganado a Clinton el apoyo de muchos negros a pesar de sus infames actos.
Con la elección de Barack Obama en 2008, las expectativas de los negros eran altas. Pero, si bien esas expectativas ya han sido olvidadas, queda entre los negros una profunda noción de solidaridad de raza con Obama. Esto ha sido reforzado por casi ocho años de reacción por parte de los republicanos en el congreso, amplificada por la gente del tipo “teabaggers” [militantes del derechista Tea Party] y “birthers” [que creen que Obama no nació en Estados Unidos]. Sin embargo, la verdad es que los negros no han ganado nada con su presidencia, durante la cual el desempleo en este sector se disparó, los salarios colapsaron y la riqueza media se desplomó. Mientras tanto, los negros siguen siendo asesinados a tiros por los desenfrenados policías racistas.
Contra lo que afirman muchos voceros negros, este estado de cosas no se debe a que Obama esté secuestrado por los republicanos. Sin duda, sus implacables ataques contra Obama casi siempre tienen una motivación racista. Pero el hombre negro de la Casa Blanca fue desde el principio un demócrata de Wall Street. Y lo demostró al poco tiempo de asumir el cargo. En una reunión con los grandes estafadores financieros en marzo de 2009, les aseguró que su gobierno era “lo único que se interpone entre ustedes y el linchamiento popular”, y añadió, “no he venido a perseguirlos, sino a protegerlos”. Y lo cumplió, con la eficaz ayuda de sus lugartenientes obreros en la burocracia sindical, que sacrificaron los empleos, los salarios y las condiciones laborales de sus afiliados para que el capitalismo estadounidense siguiera siendo redituable.
Los negros siguen siendo el sector de la población con mayor conciencia de la naturaleza cruel del racista Estados Unidos. Al mismo tiempo, están atados al Partido Demócrata y en su mayoría seguirán apoyándolo mientras no parezca haber otra alternativa. La clave para destrabar esa situación está en forjar esa alternativa.
Los obreros necesitan un partido propio
Con millones en el desempleo o luchando por subsistir con empleos de medio tiempo o temporales miserablemente mal pagados, muchos de los cuales han perdido sus hogares y dependen de los vales de alimentos, con sus pensiones y prestaciones de salud recortadas, existe una necesidad imperiosa de construir un partido obrero basado en el entendimiento fundamental de que los obreros no tienen ningún interés en común con los patrones. Un partido así uniría a los empleados con los desempleados, los pobres de los guetos y los inmigrantes en una lucha por empleos y condiciones dignas de vivienda para todos. El poder para llevar a cabo esta lucha está en manos de los hombres y mujeres —negros, blancos e inmigrantes— cuyo trabajo hace girar los engranes de la producción y genera la riqueza que los capitalistas se roban.
En el Programa de Transición de 1938, documento de fundación de la IV Internacional, León Trotsky planteó una serie de reivindicaciones para enfrentar la catástrofe que amenazaba a la clase obrera en medio de la Gran Depresión de los años treinta. El fin de estas reivindicaciones era armar a los obreros con el entendimiento de que la única respuesta era la conquista del poder por el proletariado. Para combatir la plaga del desempleo, llamaba por unir a los empleados y los desempleados en la lucha por una semana laboral más corta sin pérdida de salario, para distribuir el trabajo accesible, así como por una escala móvil de salarios que aumentara con el costo de la vida. Exigía un programa masivo de obras públicas con salarios al nivel del de los obreros sindicalizados. Para garantizar condiciones de vida decentes, todos debían tener vivienda y otras instalaciones sociales, así como acceso a la atención médica y a la educación sin ningún costo para los beneficiarios. El seguro de los desempleados debía durarles hasta que consiguieran empleo, con la totalidad de sus pensiones garantizada por el gobierno. Sólo la lucha por este tipo de reivindicaciones podría enfrentar las míseras condiciones que los obreros sufren actualmente.
Como argumentó Trotsky, quien junto con Lenin fuera el líder de la Revolución Rusa de 1917:
“Los propietarios y sus abogados demostrarán ‘la imposibilidad de realizar’ estas reivindicaciones. Los capitalistas de menor cuantía, sobre todo aquellos que marchan a la ruina, invocarán además sus libros de contabilidad. Los obreros rechazarán categóricamente esos argumentos y esas referencias. No se trata aquí del choque ‘normal’ de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la decadencia, de la desmoralización y de la ruina. Se trata de la vida y de la muerte de la única clase creadora y progresiva y, por eso mismo, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen infaliblemente de los males por él mismo engendrados, no le queda otra cosa que morir. La ‘posibilidad’ o la ‘imposibilidad’ de realizar las reivindicaciones es, en el caso presente, una cuestión de relación de fuerzas que sólo puede ser resuelta por la lucha. Sobre la base de esta lucha, cualesquiera que sean los éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán, en la mejor forma, la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista”.
Las nuevas batallas obreras sentarán las bases para revivir y extender los sindicatos, echando a sus dirigentes vendidos actuales y remplazándolos con una nueva dirección clasista. Para que los obreros triunfen sobre sus explotadores, deben estar armados con un programa político marxista que vincule el combate sindical con la lucha por construir un partido obrero revolucionario multirracial. Ese partido dirigiría la lucha por barrer al estado burgués mediante la revolución socialista y establecer un estado obrero donde los que trabajan gobiernen.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/45/eu.html
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2016.05.24 13:11 ShaunaDorothy Contra el "tortillazo" de Calderón y los consorcios maiceros: ¡Abajo el TLC! ¡Expropiar a los magnates del maíz! ¡Por movilizaciones obreras contra el hambre y la represión! (2 - 2) (Primavera de 2007)

https://archive.is/nUykZ
La revolución permanente y la defensa de la industria energética nacionalizada
México presenta un desarrollo desigual y combinado del capitalismo, en donde las técnicas más modernas de producción industrial conviven con el atraso ancestral del campo. La burguesía de los países subyugados por el imperialismo es incapaz siquiera de llevar a cabo tareas democrático-burguesas, tales como la emancipación nacional, la revolución agraria y la democracia política, históricamente asociadas con las revoluciones burguesas como la francesa de 1789. El revolucionario ruso León Trotsky describió la debilidad de esta clase:
“…la presión del imperialismo extranjero altera y distorsiona tanto la estructura económica y política de esos países que la burguesía nacional (aun en los países políticamente independientes de Sudamérica) no alcanza más que parcialmente el nivel de clase dominante. La presión del imperialismo en los países atrasados no cambia, es verdad, su carácter social básico, ya que opresor y oprimido no representan más que diferentes grados de desarrollo de una misma sociedad burguesa… La burguesía de los países coloniales y semicoloniales es una clase semioprimida, semidominante...”
—“Simultáneamente clase dominante y oprimida” (1937)
Los espartaquistas nos basamos en la perspectiva de la revolución permanente desarrollada por Trotsky y vindicada en la práctica por la Revolución Rusa de 1917. El cumplimiento cabal de las tareas democrático-burguesas sólo es posible, en nuestra época, bajo el dominio del proletariado. Pero, una vez en el poder, la clase obrera no podrá reducirse a la consecución de estas tareas, sino que pasaría inmediatamente a las tareas socialistas, colectivistas, de la revolución. De esta forma adquiere la revolución su carácter permanente. Así, las sentidas demandas democrático-burguesas de la población se convierten en una fuerza motriz de la revolución socialista.
Nos oponemos al TLC y defendemos la industria energética nacionalizada —especial pero no únicamente el petróleo— como medidas elementales de autodefensa de un país semicolonial contra los imperialistas. Las nacionalizaciones del sector energético fueron una conquista crucial para este país. Como grandes capas de la población se dan perfecta cuenta, la privatización del petróleo significaría incluso una mayor subyugación por parte de los imperialistas, en particular los estadounidenses.
Hasta marzo de 1938, la industria petrolera en México era propiedad de los imperialistas británicos, estadounidenses y holandeses. Tras la expropiación cardenista, los magnates petroleros —especialmente los británicos, que contaban con el respaldo de “Su Majestad”— impusieron un boicot al crudo mexicano y de hecho instigaron la rebelión derechista del general Cedillo contra Cárdenas. Trotsky apeló al internacionalismo proletario para movilizar a los obreros británicos en defensa de la expropiación mexicana contra sus propios gobernantes imperialistas. Como escribió Trotsky:
“La expropiación del petróleo no es ni comunismo ni socialismo: es una medida profundamente progresiva de autodefensa nacional…
“Sin abandonar su propia fisonomía, toda organización obrera del mundo entero, y ante todo de Gran Bretaña, tiene la obligación de atacar implacablemente a los bandidos imperialistas, su diplomacia, su prensa y sus lacayos fascistas. La causa de México, como la de España, como la de China, es la causa de toda la clase obrera del mundo. La lucha planteada alrededor del petróleo mexicano es una de las escaramuzas de vanguardia de los combates futuros entre oprimidos y opresores.”
—“México y el imperialismo británico” (1938)
Hoy son los imperialistas estadounidenses quienes revolotean como aves de rapiña en torno a PEMEX. Una de las razones principales de la reciente visita de Bush a México era insistir en la apertura al “capital privado para expandir la producción de PEMEX” (La Jornada, 11 de marzo). Los obreros estadounidenses tienen el deber internacionalista de defender la industria petrolera nacionalizada mexicana contra los rapaces designios de Bush y su parvada imperialista.
¡Por un gobierno obrero y campesino!
El campesinado es una capa heterogénea de la pequeña burguesía que no puede desempeñar un papel político independiente como clase. Su actividad productiva es individual y se basa en la propiedad privada de una porción de tierra, y por tanto los campesinos compiten económicamente entre sí. El campesinado no cuenta con el interés objetivo de clase, ni con la cohesión ni con el poder social que tiene la clase obrera para derrocar a la burguesía e instaurar su propio gobierno. Especialmente a raíz de la entrada en vigor del TLC, el campo mexicano ha sido en gran medida devastado, con grandes masas de campesinos echados de sus tierras ante la incapacidad de competir con los grandes agribusinesses estadounidenses y mexicanos. Los campesinos pobres y las grandes masas urbanas depauperadas son el principal aliado potencial del proletariado en la revolución socialista.
La clase obrera industrial debe ponerse al frente de los demás sectores oprimidos de la sociedad y luchar, junto con comités de proletarios agrícolas y campesinos, por subsidios en forma de maquinaria, tractores, sistemas de riego, créditos agrícolas, así como granos de calidad. Empleos bien remunerados, educación bilingüe y de calidad a todos los niveles, un sistema de obras públicas para proporcionar servicios básicos y médicos en las regiones indígenas más atrasadas del campo deben ser demandas básicas del movimiento obrero.
La consigna por la llamada “soberanía alimentaria”, planteada especialmente por la UNT y una miríada de organizaciones campesinas, resuena por todos lados. Esta demanda tiene un carácter defensivo, pues se plantea en el contexto de la devastación del campo por el TLC y la creciente subyugación a los imperialistas. Sin embargo, nosotros no la levantamos. Según la Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas Autónomas (UNORCA), la soberanía alimentaria significa “la libre determinación de los pueblos para definir sus políticas agrícolas y silvícolas; luchando por sacar a la agricultura y la alimentación de la Organización Mundial del Comercio, así como de cualquier tratado comercial internacional que vulnere nuestra soberanía.” En el centro de sus demandas está “promover el desarrollo rural integral y sustentable con la implementación de nuevas Políticas Públicas, programas, instrumentos y reformas institucionales que fomenten y protejan la capacidad de producir, industrializar, distribuir y comercializar los productos estratégicos para la alimentación de los mexicanos, con base en los pequeños productores campesinos, como condición de la soberanía alimentaria.” Así, detrás de la demanda por “soberanía alimentaria” está un marco reaccionario y utópico de regresar a la agricultura campesina a pequeña escala dentro de los marcos del capitalismo nacional.
En contraposición a los nacional-populistas, los marxistas entendemos que el hambre sólo puede ser eliminada en el contexto de una división internacional del trabajo en una economía socialista planificada, lo cual requiere el derrocamiento global del capitalismo. Perpetuar la existencia de un campesinado miserable y cultural y técnicamente atrasado es reaccionario. Los marxistas luchamos por la modernización del campo. Un gobierno obrero y campesino —la dictadura del proletariado apoyada por el campesinado pobre, en la que juntos dirigirán los destinos del país a través de los soviets o consejos— se esforzaría por cumplir estas metas expropiando todos los modernos agribusinesses del norte y el Bajío, transformándolos en granjas estatales. Al mismo tiempo, procuraría convencer, mediante el ejemplo, a los campesinos pobres del sur y el centro de las ventajas de la gran explotación colectiva tecnificada sobre las pequeñas parcelas familiares. El destino de los campesinos pobres, es decir, su desaparición en medio de la opresión y la miseria capitalistas o su transformación en una clase de proletarios agrícolas en un campo modernizado, depende del triunfo de la revolución proletaria y su extensión internacional.
¡Por el internacionalismo proletario!
México, aun tras la revolución proletaria, no puede alcanzar solo los niveles de vida de un país del primer mundo. La modernización del campo, por ejemplo, requeriría un nivel científico y tecnológico mucho más alto del que México posee. La supervivencia inmediata misma de un México obrero dependerá de la ayuda de nuestros hermanos de clase estadounidenses. Al mismo tiempo, una revolución socialista en México resonaría por toda América y galvanizaría al poderoso proletariado multirracial estadounidense. Trotsky explicó en sus “Tesis fundamentales” de La revolución permanente (1931):
“El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del estado nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa [hoy día, el bloque imperialista de la Unión Europea], de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.”
Muchos ven incorrectamente a EE.UU. como una masa reaccionaria e imperialista homogénea —una visión basada en el nacionalismo burgués impulsado prominentemente por el PRD—. Pero los Estados Unidos son una sociedad dividida en clases. Las clases obreras y los oprimidos de México y los EE.UU. tienen un interés común en una revolución socialista en “el norte”. Nuestros camaradas estadounidenses luchan por movilizar a la poderosa y multirracial clase obrera estadounidense en oposición a los designios del imperialismo yanqui, oponiéndose tajantemente a la ocupación colonial de Irak, a la presencia de tropas imperialistas en el Medio Oriente y a la amenaza imperialista de EE.UU. sobre los estados obreros deformados chino y norcoreano. Nuestros camaradas en EE.UU. luchan por plenos derechos de ciudadanía para los inmigrantes como una forma concreta de crear vínculos de solidaridad entre ambos proletariados, todo bajo una perspectiva de lucha de clases independiente de los partidos burgueses republicano y demócrata.
En 1991 la Spartacist League/U.S., la Trotskyist League of Canada/Ligue trotskyste du Canada y el Grupo Espartaquista de México, todas secciones de la Liga Comunista Internacional, emitieron una declaración titulada: “Alto al TLC, rapiña de México por el imperialismo [de] EE.UU.” Ésta explica que “la lucha por la revolución obrera en México y Estados Unidos está directamente ligada, entre otras cosas, por el puente humano de millones de trabajadores mexicanos y centroamericanos que se han ido ‘pa’l norte’” y llama “a los trabajadores mexicanos, estadounidenses y canadienses a oponerse conjuntamente a este pacto antiobrero”. ¡Abajo el TLC! ¡Por lucha de clases conjunta en ambos lados de la frontera! ¡Por la revolución socialista en toda América!
¡Por una dirección clasista! ¡Forjar un partido obrero revolucionario, tribuno del pueblo!
Está claro que los obreros mexicanos quieren luchar. Pero sus actuales direcciones los subordinan a la burguesía, ya sea mediante la ideología nacionalista o la represión abierta. Como excusa para no movilizar a sus bases para la manifestación contra la carestía del 31 de enero, un vocero de los sindicatos corporativistas agrupados en la CTM e históricamente afiliados con el PRI argumentó que hay que “darle tiempo” a Calderón para ver si sus medidas económicas “funcionan”. La CTM y el CT se rehusaron a participar una vez confirmado que AMLO iba a marchar, y después propusieron un sistema de “crédito al salario”. Esta medida lo único que haría sería endeudar a los obreros con la patronal. Se requiere elevar el poder adquisitivo de los trabajadores, no encadenarlos de por vida a sus explotadores mediante préstamos chupasangre.
Por su parte, los sindicatos “independientes” de la UNT y el SME, políticamente alineados con el PRD, marcharon el 31 de enero bajo un pliego de nueve demandas codificadas en la “Declaración del Zócalo”, las cuales reflejan claramente el programa populista burgués del PRD. Además de exigir apoyos al campo, aumento salarial de emergencia, así como la creación de empleos formales —demandas que se dirigen a necesidades elementales y que apoyamos—, la declaración llama a “renegociar” y no a acabar con el TLC y apela a crear un “gran acuerdo nacional” sobre la base de la “unidad social”, como si no hubiera divisiones de clase en México. Las burocracias sindicales quieren unir a las masas empobrecidas con la gente que está tratando de matarlas de hambre. Esto es el nacionalismo burgués: ilusiones en la falsa unidad de explotados con explotadores sobre la base de un supuesto interés común en sacar a “la patria” adelante.
Los espartaquistas luchamos por remplazar a las burocracias procapitalistas con una dirección clasista y por transformar a los sindicatos en órganos del movimiento revolucionario proletario. Como León Trotsky explicó en 1940: “La primera consigna de esta lucha es: independencia total e incondicional de los sindicatos con respecto al estado capitalista.”
Esta lucha y la lucha por la democracia sindical no pueden separarse pues de la lucha por una dirección revolucionaria —un partido obrero revolucionario leninista-trotskista, parte de una IV Internacional reforjada, el partido mundial de la revolución socialista—. Un partido bolchevique es el instrumento fundamental para llevar la conciencia política al proletariado, la principal fuerza ofensiva y conductora a través de la cual la clase obrera puede realizar y consolidar la revolución socialista. Como explicó Trotsky: “No puede triunfar la revolución proletaria sin el partido, aparte del partido, al encuentro del partido o por un sucedáneo del partido” (Lecciones de Octubre, 1924).
El socialista utópico francés Fourier señaló que “el grado de emancipación de las mujeres es la medida natural de la emancipación general”. Las revoluciones burguesas, como la Revolución Francesa de 1789, limpiaron de instituciones feudales el camino del desarrollo capitalista, remplazaron las relaciones sociales basadas en obligaciones y privilegios con otras basadas en la igualdad contractual, y de ese modo tuvieron un profundo efecto en la familia. La condición de la mujer en los países capitalistas más avanzados muestra los limites de libertad y progreso social bajo el capitalismo. Por otro lado, el carácter atrasado del desarrollo capitalista en México, su pasado colonial y su subyugación al imperialismo se reflejan en enraizadas manifestaciones de atraso social. Perredistas y representantes de otros partidos en la Asamblea Legislativa del D.F. han presentado una propuesta para despenalizar el aborto hasta doce semanas de embarazo cuando la mujer interesada aduzca pobreza y para que pueda decidir cuántos hijos tener. En respuesta, la archirreaccionaria iglesia católica está convocando movilizaciones para impedir su aprobación. Los espartaquistas estamos a favor de esta reforma parcial y luchamos por el derecho al aborto libre y gratuito, por la liberación de la mujer mediante la revolución socialista y por plenos derechos para los homosexuales.
La ancestral opresión racista antiindígena deriva de la brutalidad colonial, cuando la decadente corona española se mantenía viva con base en los inmensos cargamentos de plata y oro obtenidos mediante la superexplotación de la población nativa. El machismo, la homofobia, el racismo antiindígena y el antisemitismo son ideologías burguesas que sirven para justificar la opresión concreta y dividir a los oprimidos. Un partido revolucionario actuaría, en palabras de Lenin, como “el tribuno del pueblo”. Al combatir toda muestra de opresión y atraso social, el partido proletario encarna el ideal del marxismo revolucionario: la emancipación de la humanidad entera a través de la emancipación del proletariado.
El populismo pequeñoburgués radical del EZLN y la APPO
En el contexto de la horrible miseria y la brutal opresión a la que están sujetos los indígenas del país, el EZLN ha sido muy atractivo para algunos que se oponen a la devastación capitalista. Además, sus críticas al PRD durante el circo electoral fueron un polo de atracción para muchos jóvenes. Así, la Sexta Declaración zapatista habla de que “el problema del país no es un partido, sino el sistema capitalista”, al cual “tenemos que transformar” (La Jornada, 15 de enero de 2006). Pero no hay nada en la Sexta dirigido a derrocar el capitalismo; sus demandas son por reformas democráticas como, principalmente, una nueva constitución “que reconozca los derechos y libertades del pueblo, y defienda al débil frente al poderoso”. Es utópico pensar que mediante nueva legislación se pueda reformar el estado capitalista para ponerlo al servicio de los explotados y oprimidos. Se requiere la revolución obrera que abola la propiedad privada.
Por otro lado, la combatividad de la APPO, surgida como la aliada de los maestros de la Sección 22 del SNTE que estuvieron en huelga por más de seis meses, también galvanizó a quienes quieren luchar contra este vil y corrupto régimen. Sus barricadas —que les daban control de una parte importante de la ciudad de Oaxaca— y sus constantes combates contra la policía eran una fuente de inspiración para muchos jóvenes que quieren algo más que las fraudulentas contiendas electorales y la farsa parlamentaria. Pero su lucha no iba más allá de la demanda por la destitución del gobernador-verdugo Ulises Ruiz. Así, aunque al principio habían llamado por un boicot electoral, los dirigentes de la APPO y de la Sección 22 terminaron por llamar por el voto a AMLO.
El populismo niega la división fundamental de la sociedad de clases entre el proletariado y la burguesía, sustituyéndola por una división simplista entre meros ricos y pobres y negando así el papel central de la clase obrera como el agente fundamental del cambio social. De hecho, los zapatistas surgieron en 1994 en rechazo explícito de la lucha por la revolución proletaria. Consecuentemente, los populistas reducen su programa a reformas democráticas dentro del marco capitalista y la estrechez nacionalista. Así, independientemente de su combatividad e intenciones, los populistas “radicales” como el EZ y la APPO terminan orbitando en torno al PRD burgués y tratando de presionarlo.
La cadena sifilítica del populismo pequeñoburgués
Nuestra perspectiva marxista revolucionaria está contrapuesta no sólo a todas las variantes del populismo, sino también a la de las demás organizaciones que, llamándose marxistas, van a la cola de fuerzas de clases distintas del proletariado y restringen su programa al terreno nacional. Quizás el ejemplo más grotesco lo dé la Tendencia Militante, que es parte integral del PRD burgués. Militante dice enternecedoramente que “AMLO debe luchar contra el capitalismo” (Militante No. 154, 2ª quincena de septiembre de 2006). Esto es equivalente a llamar por que el Papa luche por los derechos de los gays. Militante no hace sino fortalecer ilusiones suicidas en el PRD y su política pavimenta el camino hacia derrotas sangrientas de la clase obrera.
La Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) lanza todo tipo de consignas contra la carestía de la vida, tales como “empleo para todos”, “aumento general de emergencia” (Estrategia Obrera No. 58, 24 de enero de 2007), etc., pero, sin siquiera una referencia a la lucha por la revolución socialista en su artículo, el programa de la LTS es un programa reformista, enteramente enmarcado en el capitalismo. La LTS escribe: “Lamentablemente, el PRD que se dice ser [sic] un partido ‘democrático’ y estar [sic] en contra de la represión, ha avalado este accionar” (Ibíd.), es decir, los recientes operativos federales masivos en Michoacán. ¡La LTS ni siquiera menciona la participación directa del PRD en el ataque sangriento contra los obreros de Lázaro Cárdenas en abril pasado! En cambio, invita “al conjunto de las organizaciones que se reclaman democráticas (como las que integran la CND)”, a unírsele en la constitución de una “Coordinadora Nacional contra la Represión”; en otras palabras, la LTS llama por un bloque político con el PRD burgués.
El Grupo Internacionalista fue formado hace once años por antiguos miembros desmoralizados de nuestra organización. Incapaces de lidiar con la destrucción contrarrevolucionaria de la URSS y el retroceso en la conciencia de la clase obrera que acompañó esta derrota, desertaron del trotskismo para ir a la cola de fuerzas de clases ajenas, embelleciendo la conciencia existente y adaptándose a ella.
El GI es incapaz de lidiar con las ilusiones masivas en el populismo y recurre a inventar su propia realidad. Así, hace todo tipo de contorsiones para presentar a AMLO como un mero “neoliberal con rostro humano”, minimiza los efectos devastadores del TLC y todas las políticas neoliberales de los últimos cuatro sexenios y le da la espalda a la lucha en defensa de derechos democráticos elementales y las necesidades más apremiantes de la población pobre.
En un artículo reciente (“Contra el tortillazo, ¡Imponer el control obrero! Crisis de la tortilla, producto del capitalismo”, El Internacionalista, enero de 2007), el GI esencialmente se dedica a poner un signo de igual entre el viejo régimen semibonapartista del PRI y las actuales políticas hambreadoras y abiertamente proimperialistas del PAN. Así, mientras hace una referencia de pasada al “desastre” ocasionado por el TLC, argumenta que “ni la pobreza de los pequeños campesinos ni la migración forzada empezaron hace 15 años”, minimizando la horrible miseria y creciente subyugación de México al imperialismo que este tratado de rapiña ha ocasionado. Finalmente, escribe:
“Además, al mantener artificialmente bajos los precios de la tortilla y altos los del maíz, lo que hacían era subsidiar a los industriales mexicanos al aminorar el costo de reproducción de ‘su’ fuerza laboral. En otras palabras, utilizaron su ‘soberanía alimentaria’ para mantener a los trabajadores sumidos en la pobreza por los bajos sueldos.”
¡El GI argumenta que no hay que luchar por comida barata porque significa mantener los salarios bajos! Esta posición es, simple y llanamente, reaccionaria.
El GI reniega de la defensa de conquistas parciales. Con esta lógica, debería oponerse a la defensa de la industria petrolera nacionalizada, y de hecho a toda demanda dirigida a mejorar la situación de los obreros y los oprimidos antes de la revolución socialista. Toda reforma, toda conquista para los obreros y los oprimidos será necesariamente parcial y en cualquier momento reversible mientras siga existiendo el capitalismo. Pero no por ello los revolucionarios renunciamos a la lucha por conquistas parciales; al contrario, nuestro propósito es movilizar a la clase obrera a la cabeza de todos los pobres y oprimidos en la lucha por sus necesidades más apremiantes en preparación para el derrocamiento general de la clase capitalista. Como Lenin explicó:
“Los marxistas, a diferencia de los anarquistas, admiten la lucha por las reformas, es decir, por medidas que mejoren la situación de los trabajadores sin destruir el poder de la clase dominante. Pero a la vez los marxistas sostienen la lucha más decidida contra los reformistas, quienes, directa o indirectamente, limitan los objetivos y las actividades de la clase obrera a la conquista de reformas. El reformismo es un engaño de que la burguesía hace víctimas a los obreros, quienes, pese a algunas mejoras aisladas, seguirán siendo esclavos asalariados mientras exista la dominación del capital.”
—“Marxismo y reformismo” (1913)
Lecciones de la Comuna de París de 1871
La lucha convulsiva de las masas oaxaqueñas ha infatuado a la izquierda supuestamente “trotskista”; este ejemplo muestra su crasa renuncia, en los hechos, a la revolución permanente de Trotsky. La LTS saluda esa lucha como “la comuna de Oaxaca”, equiparándola a la Comuna de París de 1871. Nada podría ser más falso. La Comuna de París fue una revolución social, el primer ejemplo en la historia de la dictadura del proletariado. ¡Pero, para empezar, la clase obrera industrial a duras penas existe en Oaxaca! En realidad, la lucha en Oaxaca se basó totalmente en profesores sindicalizados y las masas pequeñoburguesas depauperadas. Para los genuinos trotskistas, el punto no es pintar la realidad en colores más agradables, sino luchar por la movilización del proletariado urbano industrial a la cabeza de todos los oprimidos en la lucha por la revolución socialista.
Una de las principales lecciones de la Comuna de París —que al final fue aplastada por la reacción burguesa al costo de unas 30 mil vidas obreras— fue que el proletariado no puede tomar el aparato estatal existente y esgrimirlo en interés propio. Como nos enseñaron Marx y Engels, el estado burgués consiste en destacamentos de hombres armados cuya tarea es defender el modo de producción capitalista basado en la propiedad privada y la explotación del trabajo. Su núcleo es el ejército, la policía, los tribunales y las cárceles. La clase obrera debe destruir el estado burgués mediante la revolución socialista y erigir en su lugar un estado obrero para defender al proletariado como la nueva clase dirigente contra la burguesía recalcitrante. Las lecciones de la Comuna de París respecto al entendimiento marxista del estado —codificadas especialmente en El estado y la revolución de Lenin, una obra seminal del marxismo revolucionario— desempeñaron un papel crucial en la Revolución Rusa de 1917, la única revolución proletaria exitosa en la historia.
Sin embargo, la perspectiva entera de la APPO se basaba en ilusiones en la reforma democrática del estado capitalista, con el PRD como el instrumento para llevarla a cabo. La LTS comparte estas ilusiones; una de las demandas más recurrentes en su historia, dirigida al estado burgués mismo, es “por la disolución de las fuerzas represivas del estado”. No es sólo utópico, sino verdaderamente suicida, creer que la burguesía acordará jamás “disolver” su estado —ésta es una posición reformista contrapuesta a la esencia misma del marxismo—.
La renuncia del GI en los hechos a la revolución permanente los conduce por un lado, como hemos visto ya, a abstenerse de la lucha por derechos y necesidades elementales de la población; por el otro, los lleva directamente a glorificar el populismo de izquierda. Un caso ejemplífico es Oaxaca. El año pasado el GI afirmó que los maestros oaxaqueños “saben bien que ‘PRI, PAN y PRD son lo mismo’” (El Internacionalista/Edición México No. 2, agosto de 2006), una posición que tuvo que abandonar apenas unos días después, cuando los maestros y la APPO llamaron por un “voto de castigo” contra el PRI y el PAN, es decir, por el PRD. Más recientemente escribió que las masas de la APPO “carecían, sin embargo, de una perspectiva política explícitamente revolucionaria” (El Internacionalista, enero de 2007), dando a entender que tenían una implícita —¡y sólo el GI sabe qué significa tal cosa!—. Ahora, en un intento desesperado de pintar a la APPO en colores rojos, dice que “el apoyo de la APPO al candidato presidencial del PRD, Andrés Manuel López Obrador, en las elecciones del 2 de julio fue visto por muchos huelguistas en Oaxaca como una jugada ‘táctica’ en contra de Ulises Ruiz: votar por AMLO contra URO. Pero para los dirigentes de la APPO representó su estrategia.” El GI abandona el punto de partida de toda política revolucionaria: el apoyo político a la burguesía no es ninguna “táctica” astuta, sino una ilusión mortal que sólo puede conducir a derrotas.
No muy lejos de la LTS, el GI también abandona el entendimiento marxista del estado. Así, en un artículo reciente citan acríticamente —y de manera tan tierna— el discurso de un estudiante oaxaqueño dirigido a la policía: “‘las condiciones del país los hicieron elegir entre irse de su patria o enrolarse en esa corporación [la PFP] ante la falta de oportunidades’ pero que ‘deberían estar de este lado porque son igual que nosotros. Véanse la tez, las manos, son del mismo color que nosotros, también son huicholes, mixes, tarahumaras’” (El Internacionalista, noviembre de 2006). El GI de hecho aprueba tales afirmaciones, añadiendo que “Apelar a los policías invasores para que no repriman puede ser una táctica correcta en ciertas circunstancias, pero en otras podría ser suicida. Es una ilusión peligrosa pensar que la policía ‘también es pueblo’…”. Presentar tales apelaciones liberales a la policía como, otra vez, alguna especie de “táctica” astuta sólo puede significar precisamente sembrar ilusiones mortales en el estado burgués.
¡Por nuevas revoluciones de Octubre!
Las crisis económicas recurrentes y la represión son características endémicas del sistema capitalista. La única solución para acabar con ambas es el derrocamiento del capitalismo mediante la revolución obrera internacional. La victoria del proletariado a escala mundial pondría una abundancia material inimaginable al servicio de las necesidades humanas, sentaría las bases para la eliminación de las clases sociales y la erradicación de la desigualdad social basada en el sexo, y la abolición misma del significado social de raza, nacionalidad o etnia. Por primera vez, la humanidad tomará las riendas de la historia y controlará su propia creación, la sociedad, llevando a una emancipación jamás imaginada del potencial humano, y a una ola monumental de avance de la civilización. Sólo entonces será posible realizar el desarrollo libre de cada individuo como la condición para el desarrollo libre de todos. ¡Reforjar la IV Internacional de Trotsky, partido mundial de la revolución socialista!
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/27/tortiallazo.html
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2016.02.06 12:54 felixramon Esto pasa por haber votado a la derecha, que se disfrazo con el nombre de CAMBIEMOS, en Argentina

Alerta social en Argentina por ola de despidos 06.02.2016 - Ciudad de Buenos Aires - Mariano Quiroga Comienza a ser patente la alerta social en la Argentina frente a la ola de despidos que sacude el país. En todas las provincias, en todas las reparticiones, en todos los sectores de la economía los números de despedidos, suspendidos o trabajadores que ven reducidos sus turnos, se van incrementando. Mientras los medios de comunicación menosprecian esta tragedia nacional o incluso llegan al despropósito de justificarla, las agrupaciones gremiales empiezan a moverse. El sindicato más combativo, con diferencia, es ATE, que agrupa a los trabajadores del Estado y que ha comprobado en carne propia como los nuevos “gerentes” de la administración pública atacaron premeditadamente a sus afiliados en algunas dependencias, mientras en otras la eliminación de puestos de trabajo no se corresponde con ninguna lógica. Desde Fabricaciones Militares, pasando por los Ministerios de Cultura, Desarrollo Social, personal de Presidencia, Justicia, Ciencia y Tecnología, Derechos Humanos, Jefatura de Gabinete, Interior, Economía, Salud, el Senado y el Congreso, Aerolíneas Argentinas, programas sociales nacionales, municipales y provinciales, el resto de entes autárquicos y secretarías se han visto despedazados. ¡Basta de despidos! El jueves 4 de febrero se realizó una nutrida manifestación que confluyó en el Ministerio de Modernización, recientemente creado por decreto, y que es el ministerio que coordina los despidos masivos en todo el Estado y canaliza las contrataciones a empresas privadas, tercerizando buena parte del trabajo básico e imprescindible que realizan los empleados estatales. En la marcha se podían leer los carteles que afirmaban que la salud es un derecho, no un negocio, como promocionan las políticas de vaciamiento y privatización que realizó en la Ciudad de Buenos Aires el Pro y que comienza a desarrollar en todo el país Cambiemos. Para llevar adelante esta política de rapiña sobre lo que se había conseguido salvar y reconstruir de lo que destruyeran las políticas neoliberales de las dictaduras militares y los 90, el gobierno de Mauricio Macri ha colocado en todos los puestos claves del Estado a gerentes, directivos y representantes de las corporaciones económicas más poderosas de la Argentina. Sinceramiento Frente a un escenario de devaluación del peso de más del 50%, un índice de inflación que el Estado se niega a facilitar, pero que golpea fuertemente el salario de todos los trabajadores, los despidos forman parte de una medida de desaliento al reclamo de aumentos salariales y de adoctrinamiento, como explicitara el flamante Ministro de Hacienda, enredado en casos de evasión fiscal, Alfonso Prat Gay, recomendando a los trabajadores que “no arriesguen sus puestos de trabajo por pelear el salario”. El Ministerio de Trabajo también se niega a dar cifras de desempleo tanto del sector público, como del privado, incluso han llegado a pedirle a las empresas que no les informen de los despidos que realicen para evitar filtraciones. Pero se calcula que en menos de dos meses de gobierno ya se han despedido 25 mil personas del sector público y más de 50 mil del privado. Claro que estas cifras no pararán de crecer en los próximos meses, ya que son muchas obras públicas las que se paralizarán en todo el país y muchas empresas las que deberán cerrar por los incrementos de los servicios de electricidad y gas, que deberán multiplicar por 5 los costos actuales. Otro factor que golpea fuertemente al sector industrial argentino es la liberación absoluta de las importaciones, lo que ha generado que grandes cadenas de supermercados anularan pedidos a fabricantes nacionales, para traer productos importados. Incluso algunas multinacionales a las que antes se les exigía producir en el país, aprovecharon el levantamiento de los controles aduaneros para cerrar sus sedes en Argentina y suministrar a sus clientes desde las sedes de otros países con menores costos salariales. En primera persona Hablando con los mismos trabajadores se derriban muchos mitos que buscan instalarse desde el gobierno sobre las causas de los despidos. “Nos dicen que es para reducir la cantidad de empleados, pero en nuestra secretaría de Casa Rosada, nos echaron a todos, somos 4, y ya contrataron a 6, pero pueden ser más” nos contaba uno de los trabajadores despedidos. Una compañera suya agregó “Hace 25 años que trabajaba ahí, sobreviví a todos los cambios de gobierno. Es falso que cada presidente necesita trabajar solo con su gente”. Un tercer despedido de Casa Rosada aclara “Esas cosas que publican de que ganábamos sueldazos también es mentira. Con horas extras apenas si alcanzábamos los 10 mil pesos. Los que tienen sueldazos son los que están entrando nuevos”. A delegados de ATE de Desarrollo Social la policía les impidió el ingreso a sus puestos de trabajo, algo similar sucedió en Jefatura de Gabinete cuando a los empleados que participaron de una asamblea en la puerta del edificio exigiendo que el contador Pedro Hadida recibiera a los delegados de los trabajadores, sus exámenes biométricos fueron borrados incluso antes de que estuvieran oficialmente despedidos impidiéndoles su normal ingreso a la oficina donde se desempeñaban. Un delegado del Senado nos comentó “Estos tipos no saben lo que están haciendo, todos los despidos son ilegales, se creen que no tienen que dar explicaciones por nada. Así como tuvieron que reintegrar a los discapacitados que habían echado o a las embarazadas, creo que o dan marcha atrás o se van a comer miles y miles de juicios”. Otro delegado que escuchaba el diálogo apostilló “No les importan los juicios, si no son ellos los que van a tener que pagar, por eso hacen cualquier cosa, son impunes”. Todos los testimonios son desgarradores, pero quizás la gente del Ministerio de Cultura fue la que vivió momentos más violentos. Una despedida comentaba “Yo fui el lunes a trabajar, como todos los días y la policía me dijo de ir a un salón aparte. En el salón había uno de los nuevos funcionarios que miraba todo el tiempo el teléfono. Me acerqué para preguntarle por qué me habían mandado a ese lugar y me dijo sin levantar los ojos de la pantallita del celular “porque estás despedida”. Se dio media vuelta y se fue por una puerta. El nivel de impotencia es total, somos 500 familias las que no van a tener con qué dar de comer a nuestros hijos”. Algunos han cobrado el mes de enero, otros no, algunos esperan cobrar las vacaciones no gozadas, otros exigen los 30 días de preaviso que figuran en sus contratos. Cientos de trabajadores no han sido notificados de su despido más que por algún comentario de pasillo o por algún funcionario de Recursos Humanos que le dice haberlo visto en alguna lista. Los despidos comenzaron en diciembre, algunos de los primeros afectados fueron los trabajadores del Centro Cultural Kirchner. “El CCK cerró la temporada en diciembre, pero había actividades programadas casi todo el mes. El 10 cuando asume Macri empiezan los rumores y a la semana siguiente se concretan las cancelaciones. Después vino Lombardi a sacarse fotos en el edificio vaciado, porque nos echaron a todos los laburantes. Hizo toda esa pantomima y nos echó a todos aduciendo que éramos contratados kirchneristas porque habíamos sido nombrados hacía pocos meses. Que alguien le explique a este señor que el Centro Cultural se inauguró hace pocos meses, ¿cómo nos iban a contratar antes?” despotricaba con rabia uno de los despedidos del CCK, que han realizado muchas marchas y han participado solidariamente en protestas por otros despidos. Es en este contexto que ATE convocó un paro nacional y movilización para el 24 de febrero. Los estatales demandan la apertura de paritarias y un aumento de salarios “muy por encima del 25%”. También la reincorporación de los despedidos y el fin de la criminalización de la protesta. Lo que nos pasaría aquí con Ciudadanos
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2014.08.22 07:09 carlos_nc Crítica constructiva y práctica al programa de Podemos

Estoy afiliado a Podemos, soy una persona que me considero equilibrada, de centro, liberal, profesional y progresista, he participado en Podemos, y veo como el programa tiene propuestas completamente surrealistas e infantiles, y fuera de lugar desde el planteamiento inicial de Podemos como movimiento de reforma y cambio. Ahora bien, ¿cambio hacia dónde? Dejad comentarios constructivos, por favor, no entréis en comentarios de izquierdas o de derecha. Las cosas bien hechas, bien parecen. No quiero polemizar (aunque lo parezca), es que todavía no me creo cómo se ha hecho este programa.
a) 1.2 - Auditoría ciudadana de la deuda
¿Cómo va a declararse la deuda ilegítima si lo ha hecho el gobierno (y oposición) que tiene una mayoría absoluta aplastante dada por los ciudadanos? Eso me parece impropio, no ilegítimo. Además el impago de los préstamos que vienen de la deuda, ¿quiénes lo han hecho? ¿los españoles o los extraterrestres?
b) 1.6 - Recuperación del control público en los sectores estratégicos de la economía.
En el programa no veo la palabra "nacionalización", y sé por qué. No me gusta que no se llamen a las cosas por su nombre. Tirón de orejas para el que redactó esto y para los que lo aceptaron. Queremos llamar nueva política a la vieja política.
Y digo yo, ¿no sería suficiente, más práctico, y menos engorroso con una reforma de las legislaciones y su cumplimiento con auditores que velen por la justicia y "fair play" del sistema privado?
c) 1.7 - Intercambio fuido y transparente de información fiscal entre todas las Administraciones tributarias europeas
Esto... ¿somos votantes de Andorra? ¿Liechtenstein? ¿Suiza? ¡No! Entonces, ¿qué hacemos? ¿les invadimos y les obligamos a hacer la política que hemos votado?
d) 1.10 - Política tributaria justa orientada a la distribución de la riqueza y al servicio de un nuevo modelo de desarrollo
¿Es el papel del poder ejecutivo meter la mano en el bolsillo de los ciudadanos y "redistribuir" el dinero? No sería mejor simplemente asegurarse de que todos los ciudadanos tengan oportunidades y servicios de calidad? ¿Puede el ciudadano con dinero decidir en qué se gasta el dinero él o ella, si en beneficiencia o en devolverlo a la sociedad gastándolo? ¿No sería mejor poner impuestos a la especulación financiera o inmobiliaria?
e) 1.12 - Derecho a una renta básica para todos.
¿No sería mejor crear las condiciones para que todos se puedan ganar la vida? ¿Vivís en el mismo país que yo? ¿No conocéis gente que cobre el paro y trabaje? ¿Gente que esté dada de baja y también trabaje? ¿O gente que finja estar de baja o sacando dinero a los seguros de modo fraudulento? Yo conozco a muuucha gente así. A ellos esto les va a venir fatal, porque crearía más desigualdad entre los que trabajan y los que no.
¿De dónde sacamos un dinero para darle a la gente que no tenemos? ¿Del fraude fiscal? ¿En serio? Por favor, necesitamos profesionales con experiencia de campo para hacer estas propuestas, no profesionales que trabajen sobre papel... ¿Y los que quieran trabajar qué? ¿deben verse abocados a "apadrinar" a un parado sólo por el mero hecho "de ser"? ¿somos Noruega o Qatar y yo no me he enterado?
f) 2.11 - Garantizar el derecho a la seguridad y a una vida libre de violencia para las mujeres y las personas lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales a través de un sistema jurídico de garantías que intervenga tanto en el ámbito público como en el privado
¿No se combate esto desde la educación? Ahora hay leyes que defienden a todos, pero no creo que el maltratador o persona que ejerce la violencia deje de hacerlo por una propuesta de Podemos...
g) 3.5 (...)Eliminación de cualquier subvención y ayuda a la enseñanza privada, incluidala modalidad de concertada, (...)
De nuevo, ¿es el papel del poder ejecutivo decidir qué educación deben tener los hijos de los españoles? ¿nada tienen que decidir los padres? ¿los que quieren otra opción fuera del monopolio de lo público no pagan impuestos también? ¿los que han hecho esta propuesta no han escuchado nunca nada sobre el cheque o cupón educativo de otros países?
h) 3.7 - Garantía del derecho a una vivienda digna
Entonces, ¿ los que estamos de alquiler debemos pagar con nuestros impuestos la vivienda de los que sí se la compraron aún a sabiendas de que iban a tener problemas para pagarla? ¿es así como van a sanear el sistema bancario, dejándoles el pufo y encima se quedan sin las viviendas? ¿No sería mejor la dación en pago y listo sin o con carácter retroactivo?
i) 3.11 - Promoción del acceso libre, seguro y universal a la información y las comunicaciones
¿No bastaría con plantear una RTVE independiente sin la mano de la política detrás?
j) 3.12 - Diseño e implementación de políticas destinadas a garantizar el acceso universal al transporte y la movilidad de todas las personas
El transporte público ya está adaptado a las personas con discapacidad desde hace muchos años. ¿Vivimos en el mismo país? ¿Transporte que no contamine? Estamos en ello, tecnológicamente falta poco. De verdad que no veo en qué tiene que meterse Podemos en esto.
k) 4.4 - Desarrollo de mecanismos de integración y cooperación específcos entre los países del sur de Europa.
¿UE? ¿Euro? ¿Schengen? ¿Qué pasa con los del norte, con esos no? ¿y los del centro? ¿y los del este o el oeste? Propuesta marca 15-M.
l) 4.5 - Potenciar la integración y cooperación entre los pueblos.
¿Sáhara Occidental? ¿Israel y Palestina? ¿Votamos en España o en Israel o en Marruecos? Voy a ir poniéndome la (bufanda) palestina para ir con los nuevos tiempos... ¿en serio? ¿y si votásemos que EEUU devuelva el suroeste de su territorio a México?
m) 4.6 - Defender la paz (salida de la OTAN)
Desde el punto de vista ético, no está mal. Ahora, si hacemos esto vayámonos armando porque con la que se nos avecinaría y sin aliados, que nos "cojan confesaos".
n) Derogación del tratado de Lisboa.
¿Tenemos que derogar todo lo anterior? ¿Es eso realmente democrático sin contar con toda la gente que votó lo anterior? ¿Tiene todo que ser un quita y pon, para volver al pon y quita? ¿No podemos construir y mejorar sobre lo ya establecido? ¡CONTINUIDAD y AVANCE!
ñ) Modifcación de los Tratados de libre comercio.
Nos rendimos a la hora de competir. Que trabajen ellos, que para eso tenemos la renta básica. ¿De verdad el comercio es malo? ¿Por qué tendríamos que sobreproteger a nuestra "marca"? ¿Y sí los otros hacen lo mismo, harakiri comercial?
o) 5.7 - Reconocimiento del derecho a decidir (de los pueblos de Europa)
¿No eran los derechos sobre el ser humano a título individual? ¿Qué colectivos tienen categoría de pueblo? ¿No es mejor unir que separar? ¿Una vez que se separe un país, puede volver a unirse? ¿Cuántas veces puede un pueblo fallar en referendum a decidir antes de cesar su derecho a decidir?
p) 6.3 (...expropiación de las grandes fincas que deberán pasar a gestión comunal...)
¿por qué tengo yo que pagar con mis impuestos tierras a nadie? ¿es que faltan alimentos o algo en España? ¿con la producción no llega? ¿volvemos al canje e intercambio y dejamos el dinero como método de intercambio?
q) Protección animal, nueva exigencia social
¿Prohibimos los mataderos y dejamos de comer carne todos? ¿Por qué no simplemente expandir y elevar las penas por ley de maltrato animal? ¿no podemos hacer sufrir al animal pero sí podemos matarlo?
Como veis, este tocho tiene más preguntas que respuestas. Hay un tono muy crítico con Podemos, partido al que muchos vemos como casi único posibilidad de reforma siempre que se lleve a cabo bien. Perder esta oportunidad en las próximas generales con un programa de primero de la ESO perpetuaría al PPSOE durante los próximos 50 años. Por favor, dejemos el entusiasmo, la izquierda o la derecha, y hagamos planteamientos prácticos, reales, y desde la experiencia y la profesionalidad. La democracia sin conocimiento es inútil como mecanismo de avance y progreso.
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